Biblioteca

«Mi biblioteca no tiene ventanas. A diferencia de la biblioteca de Montaigne, situada en la torre de un castillo cerca de Burdeos, para llegar a la mía debo bajar varios pisos y encontrar un espacio en forma de cuadrilátero cavado en un subterráneo entre los cimientos del edificio en el que vivo. Mi biblioteca es oscura. Más cripta de iglesia parece que almacén de libros. Una tumba de obras literarias. Un mausoleo destinado a la lectura. Un monumento vivo. Al fin y al cabo, los libros siguen alimentando mi existencia. ¿Ahora menos? Ahora cuando tal vez ya me he convertido en libro y, de forma algo maniática, me dedico a ganar espacio para libros futuros desechando los pobres volúmenes que no sirven. Vaciando biblioteca como dicen que hacen los sabios con los recuerdos imprecisos.

¡Cuánto hubiera deseado tener al menos una ventana en mi biblioteca! Una sola. En las alturas. Bajo la luz cenital de las estrellas. Como la biblioteca de tres ventanas de la que Montaigne se sentía orgulloso de contemplar a través de ellas “tres vistas de rica y abierta perspectiva”. Atisbar un poco de luz natural con la que contrarrestar la oscuridad del pozo de mi oficio. Odio y amo las bibliotecas. Por este motivo, segurament, destiné un garaje de doble altura como espacio donde colocar la mía. Un orfanato de libros. Un hermoso y abigarrado asilo en el que abandonar a su destino diez o quince mil almas moribundas. Y desde que, muchos años atrás, me decidí por el sótano como lugar adecuado para conservar mis libros, no he dejado un solo día ni una sola noche de mantener una lamparilla encendida. ¿Será que las bibliotecas se convirtieron en templos sagrados de los lectores agnósticos? Los libros permanecen muertos en sus nichos, ineptos para reclamar nada salvo cuando unas manos inquietas y faltas de consuelo deciden abrir uno de los volúmenes y descansar en ellos. Es entonces cuando ocurre el milagro. La aparición de un eco esperanzador. Un mundo que ilumina.»
Nuria Amat, Escribir y callar.
Madrid: Ediciones Siruela, 2010. Páginas 25, 26 y 27

«Mi biblioteca va pareciendo cada día más un archivo prehistórico. Admitámoslo. Ha adquirido el color vainilla del papiro. Se va pareciendo cada vez más a la biblioteca imaginaria de la novela Auto de fe de Elias Canetti. Cueva del intelectual fantasma, encerrado y perdido en sus libros. Sumido en su locura libresca. ¿No decía Cervantes que los muchos libros terminan por volvernos locos? He saqueado parte de mi biblioteca en varias ocasiones pero sigue multiplicándose. Hay algo de desafío en esta forma de acumular tesoros decadentes, despreciados por la sociedad de consumo que valora la supuesta utilidad y la moda de los objetos modernos por encima del patrimonio intelectual o de conocimiento que puedan proporcionarnos. Todo está en internet. Y no es una apariencia. Casi todo lo publicado en el mundo puede llegar a ser nuestro en un segundo con sólo mover la tecla milagrosa. Mi biblioteca es una provocación a un sistema que tilda de sospechoso a cualquier individuo propietario de una biblioteca. La pantalla electrónica refleja el vació del mundo. Es decir: el no mundo. Por el contrario, la biblioteca es una caja reproductora de muertes y melancolías, un hogar donde sólo pueden sentirse a gusto las personas que deseen un conocimiento más profundo sobre el mundo y sobre nosotros mismos. La biblioteca es un despilfarro a todo aquel que considera el acto de pensar como un torpedo al disfrute del consumo.»
Nuria Amat, Escribir y callar.
Madrid: Ediciones Siruela, 2010. Páginas 56 y 57

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