Nuria Amat nació en Barcelona. Sus novelas y colecciones de relatos la han consagrado como una de las grandes (y silenciosas) narradoras en lengua española. Ha cultivado igualmente ensayo, poesía, periodismo y teatro. Ha vivido temporadas en Colombia, México, Berlín, París y Estados Unidos.
Es licenciada en Filosofía y Letras, bibliotecaria y doctora en Ciencias de la Información. Ha sido introductora de los estudios en Ciencias y tecnologías de la Documentación y profesora en la Escuela de Bibliotecarios de la Universidad de Barcelona.
Traductores de alto nivel literario trasladan sus obras a diferentes lenguas, consiguiendo que su novela Reina de América (Queen Cocaine) fuera nominada al prestigioso Premio Literario IMPAC 2007.
Su novela El país del alma fue finalista del Premio Rómulo Gallegos de novela (2001) y Reina de América obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona 2002.

Puede contactar con Nuria Amat en su dirección de internet: http://namat.wordpress.com/

 

Escribir para nacer. Mi madre muere cuando yo no he cumplido los tres años y nada de su cuerpo queda en mi memoria que pueda recordarla. Soy hija de palabras. Durante años quedo suspendida de un infierno de silencio. Allí lo llaman limbo. El olvido se ha llevado todos mis secretos. Abro los ojos y apenas consigo ver lo que hay detrás de la escritura. Una niña muda. Un colegio del que me sacan por mi cara de lástima. Un saco atado de palabras que llevan de un lado a otro. No empiezo a hablar hasta bien entrados los cuatro años. Seguramente debí decir las primeras palabras de la infancia, cuando mi madre fantasma estaba delante para recibir mi voz y festejarla. Pero nadie me asegura tal cosa. Uno de los psiquiatras más célebres de Barcelona vive al lado de mi casa. Mi padre piensa que mi caso tampoco es tan grave como para llamar a la puerta del doctor loquero y prevenirle de que la niña de al lado es sonámbula y es muda. Veo palabras. Pongo nombres al silencio. Invento recuerdos que no tengo. Soy poeta sin saberlo.

Escribir para destruir. Mi primer recuerdo de la infancia tiene que ver con la locura y el suicidio. Debió de ser una experiencia terrible para una niña ver como una mujer colgada de la ventana de la casa de enfrente está a punto de caer en el vacío. Pero mi cuento personal no debe ser tan espantoso como el relato verdadero de los hechos. Como no dispongo de palabras para contarlo hago de este evento otro de mis sueños secretos. Mi primera revelación. Y hago todavía más. La futura escritora busca confundir a su madre con la loca encerrada en el altillo del manicomio de enfrente. Vivo muchos años de este invento. Escribo textos invisibles y olvidados. La escritora tambien quiere desaparecer con la escritura. Pero la maldición de Kafka se ceba en su melancolía, cede y termina por enseñar lo escrito. Cuando la escritora responde por enésima vez sobre la historia de la loca suicida de la ventana de enfrente, una mujer de Oxford que vive en Canadá y ha nacido en Barcelona levanta la mano desde su asiento para intervenir y asegurarme con datos fidedignos que la loca inventada en mi novela era su abuela internada y suicida.
Escribir para leer. Mi segundo nacimiento tiene lugar con la lectura. Los libros resumen todas las historias vividas. Descubren los secretos. Comparten mi ojo de cámara fotográfica del recuerdo. Las palabras escritas alivian mi tartamudez eterna. Cuando hablo tropieza mi lengua falsa. Mis palabras se niegan a competir con el miedo ajeno. Llevo una revolución interna. Me convierto en una escritora de cartas. Durante muchos años soy una experta epistolaria. Me hago escritora para poder resumir el mundo en una carta. En realidad, la lectora se hace escritora para tratar de doblegar su tartamudez eterna. Al fin lo consigue. La escritura se levanta. Todavía ahora cuando escribo tengo la sensación de estar poniendo mi vida en una carta.
Escribir para ocultar. La escritora no quiere mostrar lo escrito. Con los años y las páginas escritas aumenta este deseo de ocultamiento literario. Enseñar (publicar) un texto es condenarlo al olvido. Por importante y conocido que llegue a ser un libro, los meses consiguen olvidarlo. Los títulos se incineran en librerías vacías. Ocultar un texto es ofrecerlo como regalo a la historia. Cuanto más secreta es la escritura, más eternidad se confiere a las páginas innecesarias. Publicar un libro es aceptar su rápida condena. El éxito del mercado mata la eternidad de la palabra. Pero el fracaso es doblemente asesino. Entonces, el libro es olvidado dos veces. Un texto guardado en secreto es algo no nacido todavía. Los años alimentan la belleza de su estilo. Cuanto más verdadero es un texto menos necesidad tiene la escritora por publicarlo. Publicar es colocar un enorme pastel en medio de la plaza. Se tiran sobre él y lo devoran. Escribir es trazar marcas aventuradas de memoria sobra la geografía silenciosa del recuerdo. Escribir obedece a una necesidad íntima, muy secreta. Inconfesable.

Escribir para vivir. Si mi madre no hubiera muerto, hubiera ido a una escuela seglar y mixta. La orfandad me condena a un colegio de monjas. Soy muy estudiosa pero también rebelde. Suspendo en conducta y tengo sobresaliente en media de trabajo. Siempre me ha gustado ir contracorriente. En una ocasión soy alabada por la redacción de texto libre. Lo leen en clase como ejemplo. Es algo personal pero también robado. Quiero decir: he aprendido a apoderarme del tono de otros escritores y hacerlo mío. Tal vez encontraría este texto, hurgando en mis papeles. Tal vez no. Soy un desastre para archivar mis cosas. Pero, para contentar a mi padre, y porque adoro los libros, estudio bibliotecaria. Quiero ser escritora secreta. Escribo sin papel. Me preparo por dentro. Es una vocación, en toda regla, creo. Lo primero, para mi, es independizarme, viajar, irme de casa. A los veinte años, consigo vivir en Paris y especializarme en Documentación. Vuelvo con este fardo a cuestas. Me convierto en la primera documentalista de España. Me invitan, doy conferencias, publico libros. A los 22 años ya son profesora en la Escuela de Bibliotecarios de Barcelona. Estaré 25 años dando clase. Escribiendo. Doy parte de mi vida a este mundo, a una Universidad que expulsa a sus creadores y artistas, manipulada por funcionarios arrivistas y resentidos.
Me contratan para transformar bibliotecas en centros de documentación. Formo parte de la Asamblea de Cataluña. Grupo político de lucha antifranquista. En secreto, sigo con la literatura. Me matriculo en Filosofía y Letras, horario nocturno. Hago Pedagogía y, al fin, Filología Hispánica. Me rodeo de estudiantes con ansias de poeta. Conozco al escritor colombiano Oscar Collazos, es mi profesor y mi primer marido. Me caso en Barcelona y nos vamos a recorrer América Latina. Tengo 25 años. Escribo mi primera novela Cuerpo. No la publico. No interesa a ningún editor. Y cuando interesa, como es el caso de Grijalbo, parece ser que hay problemas de censura. En mi viaje Latinoamericano vuelvo a nacer ahora como escritora. Este viaje que dura un año actúa en mi como una universidad literaria multiple y diversa. Algún día debería escribir sobre ello. He conocido a escritores excelentes. Vivimos en sus casas. En Colombia, en el Chocó, pasamos seis meses. Escribo Pan de Boda.
Viajamos a Berlin, Oscar tiene una beca para todo un año. Allí conozco y me relaciono con Samuel Beckett, decido separarme de Oscar y me quedo embarazada de mi hija Laia.

Muere mi padre, a sus 57 años. Mi hija Laia tiene 3.
Conozco a Mario Muchnik. Se convierte en el editor de mis primeros libros. Nos hacemos amigos. Carmen Balcells, me aconseja publicar La intimidad en Alfaguara. Mi editor y amigo está perdiendo su editorial. Y ya tiene seis libros míos. Ha sido una bonita y larga amistad con un final desgraciado. Como muchas historias de amor.
La intimidad es la novela que me da cierto éxito de crítica. Especialmente, por parte de grandes escritores, como Goytisolo, Fuentes, Haro Tecglen, Julio Ortega... Empiezo mis viajes a America Latina, ahora como escritora. Regreso a mi segunda casa de nacimiento. Allí me quieren y consideran. En mi país no me lo ponen fácil.  No importa. Desconfío de los triunfos mediáticos. La literatura va por otros caminos.
Con las siguientes novelas comienzan las traducciones y se amplía mi abanico de lectores. Me enorgullezco de tener a los mejores lectores del mundo. ¿Qué más puede pedir un escritor?
Nace mi hija Bruna. Sigo escribiendo. Sin prisas. A mi aire. Cuando hay algo que me toca. Dejo que la vida llueva sobre mi.
 Siempre escribo con la idea inútil de que mis palabras puedan arreglar algunas cosas. Creo que todavía no se ha visto lo que hay detrás de mis novelas. Las entrevistas suelen ser tópicas y superficiales. El mundo de la farándula literaria me da vértigo. Sigo sintiéndome una escritora secreta.

 

La escritora invisible, fotografia de Daniel Mordzinski

Nuria Amat o LA ESCRITORA INVISIBLE. Algunos escritores dicen de ella que es una escritora para escritores. A este propósito, Amat escribe lo siguiente:
Seguramente, tienen razón los que me suponen una escritora invisible. La condición de novelista moderno exige un caminar invisible. Una pérdida de identidad que comienza precisamente en el momento en que uno se descubre escritor o novelista en una época ya saturada de padres lectores y novelistas de altísima categoría. Y de hijos y nietos que tratan de malvivir y malgastar la herencia de sus padres fundadores.
Pero andan equivocados quienes asocian la invisibilidad o aislamiento de algunas escritoras con una postura romántica de vida marginal y solitaria. La primera escritora moderna del siglo XIX, Charlotte Brontë, sabía que introducirse en sociedad perturbaría la acción central de su vida, que era permanecer en casa y escribir. Se trata, pues, de una actitud eminentemente práctica, y preferible a la teoría opuesta, y también más extendida, que atribuye la existencia de tantas novelistas a la condición femenina de tener que trabajar en las tareas domésticas.
“Papá, he escrito un libro” -anunció la Brontë a su padre.
“¿De verdad, querida?” -dijo y siguió leyendo.
“Es que me gustaría que lo leyeras.” -insistió la pobre hija.
“No puedo perder el tiempo leyendo un manuscrito” -fue la respuesta de su padre.
“Es que está impreso, papá” -terminó diciendo.
Al fin, el señor Brontë le contestó que lo dejara en el estudio y que ya vería.
Una respuesta parecida se cuenta que obtuvo Kafka de su padre. Suerte o desgracia que de alguna manera heredarán todos los descendientes de estos escritores ilustres: los escritores invisibles. Hijos inseguros de la gran literatura que siempre reproduce a sus monstruos.
LA LENGUA QUE HABLO es híbrida. Es bastarda. Es mestiza. Es catalana (¿blanda?) ¿O pura y dura castellana? Es española (tibia). Es árabe (me llamo nur-ia). Es gitana. Canastera. Enfebrecida. Dicharachera. Muda. Deslenguada (eso me gusta). Es tímida y a veces huérfana. Es polémica. También rebelde. Es andaluza (¡Olé!) y moreneta (¡Visca!). Es de mar y de montaña. Es impura. Y atravesada. Muy latina (mi apellido la canta). Y por eso hispana. De Colombia, de Perú, Nicaragua y Argentina. Es gachupina. Y sorda. Y rara. Y de virgen negra o violada. Es libresca. Copiada de los libros vivos. Robada a las novelas sabias. Y francesa (por demasiada lectura). A veces sueña que sabe inglés y consigue disfrazar la erudición en verso. Es interior. Popular. Desobediente. Herida. Poemática (¿existirá esta palabra?). Desterrada. Judía y alemana. Perdida. Desgraciada. Luminosa. Rica y pobre. Le gusta depender de instantes. Asombrar las ideas. Comerse los minutos. Africanizarse y, entonces, ser más corrosiva y amplia. O empequeñecer las sombras. Desaparecer y resucitar de nuevo. Borrarse del mapa y extenderse. Es tuya y mía. Es, por supuesto, prestada. Por eso la invento cada día como si fuera una lengua personal, semisecreta y desclasada.

LA MUJER LIBRO
La Biblioteca Universitaria organizó un acto a finales de abril con motivo del Día del Libro en el que la escritora y bibliotecaria, Nuria Amat, presentó "La nostalgia de los libros perdidos", una conferencia que es a la vez un relato o una "parodia de conferencia". En su intervención, dirigida principalmente al propio personal bibliotecario de la ULL, reflexionó sobre la dualidad "bibliotecario-escritor".
Sin los libros no existirían los escritores porque la inspiración de éstos proviene de los otros libros. Detrás de todo bibliotecario debe haber un escritor. Pero como el mundo es contradictorio, estos hechos raras veces se combinan con un resultado dichoso. Así piensa Nuria Amat, quien no ha sido una bibliotecaria feliz, pero sí una escritora entusiasta y vocacional, nada metódica ni calculadora. Ya en su niñez los libros la hechizaban. La biblioteca de su padre viudo simbolizaba algunos misterios como el de su propia madre ausente. Allí se sentía menos huérfana porque hablaba y jugaba con los libros. La biblioteca, con un buen fondo en traducciones catalanas, era la mayor preocupación del padre, quien le prometió a su hija que la heredaría. La hija se hizo bibliotecaria, empezó a escribir y a catalogar la biblioteca paterna, permaneciendo horas en actitud de escritora, hábito que ya perduraría siempre en ella. En París continuó formándose en su oficio, pero dejó de ocuparse de la biblioteca de su padre. El padre decidió casarse y trasladar la biblioteca a la casa de su nueva mujer.
Justificó su cambio de planes diciendo que el amor a la lectura era la mejor herencia que le había inculcado a sus hijos. Nuria Amat trataba de sobrevivir a su enfermedad libresca en el día a día cotidiano, con sus propias preocupaciones y fantasmas particulares. La biblioteca paterna comenzó a deteriorarse de la misma manera que había comenzado a morirse el padre, bebedor y escritor de múltiples testamentos. Mientras tanto, la escritora buscaba a sus padres literarios, de forma que todavía hoy duda si es escritora o es libro, porque los autores de esos libros que vivía se tornaban en prolongaciones de su cuerpo.
Ninguna biblioteca podía sustituir a la paterna, a pesar de que trabajó en muchas otras, hasta que las abandonó y empezó a escribir. La muerte de su padre, demasiado pronto, provocó también la desaparición radical de su biblioteca, que había estado ordenada de una manera particular según el capricho de éste. Entonces comenzó a escribir en secreto sobre la nostalgia de los libros perdidos, intuyendo que no volvería a ver la biblioteca paterna, que se había convertido en una parte de ella.
Escribía para acercarse a la biblioteca paterna. Descubrió que la biblioteca más poderosa era la de la memoria. Se hizo documentalista en el extranjero. Además de novelas, redactó manuales técnicos sobre bibliotecas. Nuria Amat denomina "el efecto bibliotecario" al fenómeno por el cual un escritor-bibliotecario nopuede escribir obras de géneros puros. Por eso, sus novelas son inclasificables.
Criticada por sus compañeros bibliotecarios-no escritores, se sigue protegiendo en la escritura. Escribe cartas a los escritores muertos, sigue leyendo, vive obsesionada por los libros. Sabe que todos saben que la literatura se alimenta de la literatura. Sueña con que los habitantes del mundo se hagan escritores, y, olvidada de todo, escribe.