LA INTIMIDAD
por Agustín Cerezales
La literatura pide literatura: es como una enfermedad. La vida pasa junto a los libros, se esponja y se encoge, se precipita y se diluye, se esfuma, se atraviesa... Y los libros la acechan, la miran, la retienen.
Éste que me mira ahora, desde su anaquel en la biblioteca, es un libro inquietante. Leído no hace mucho, pero un poco a salta de mata, acaso con miedo a dejarme llevar por su fluidez, dejó en mí una cicatriz, el dolor de una orfandad que traspasaba las fronteras de sus propios términos, que se adueñaba de las relaciones de todas las cosas, de las físicas con las mentales, de las emotivas con las sensitivas, de las relaciones mismas entre significante y significado, como si en lo íntimo mediante, en el núcleo del signo, reinara el vértigo del vacío.
La intimidad, signo de razón o signo de locura, qué mas da: signo que vigila desde dentro, como la propia protagonista, recluida en su atalaya, en su condición de observadora que acaba observándose a sí misma desde las páginas del libro de su mente, formando parte de una biblioteca que es a la vez el útero del mundo mismo que a su vez la contiene.
Muchas otras cosas es esta novela, desde luego, aparte de refinado, ultrasensible desasosiego. La autora, Nuria Amat, dispuso sin duda una red de múltiples alcances, más allá y más acá de la exploración radical de lo que es en sí, y contra sí, esa diosa bifronte, venenosa y salvífica, que llamamos literatura. Más acá, nos encontramos con Cataluña. Los españoles residuales, después de un año de matraca insufrible a cuenta del Estatut, y ahora otra vez inmersos en la no por trágica menos esperpéntica escenificación euskalduna, andamos poco proclives a seguir extasiándonos con tan graves y hondos problemas de identidad. Pero este libro, publicado en 1997, ofrece al respecto una visión harto interesante, tan íntima y enraizada como irónica y disidente, una clave, no histórica ni política, sino vital, casi sensual del prestigioso conflicto. Lo cual ayuda, qué duda cabe, a ir orientando el entendimiento.
Más allá, se trata de un libro de una ternura honda. Valiente y desvalido, ni ataca ni defiende, ni abusa de sus encantos, de esas frases que se dan la vuelta con humor resuelto, femenino y desesperado, de ese cúmulo de hallazgos expresivos que alientan aquí y allá pero sin reclamar nunca más atención de la debida, porque se contentan con ser inevitables, con ponerse al servicio de la vida que corre entre sus dedos y ofrecérnosla: la única sanación posible está en nuestros ojos de lectores, y acaso por ello sentimos gratitud y placer ante el horror mismo de asomarnos a sus últimas consecuencias. Sí, es un libro sediento de lector, hambriento de ti, de mí. Tanto que accedo a dejarme envolver en la prosopopeya, y lo miro ahí quieto, entre los otros, y pienso que me está mirando de reojo, que tiene curiosidad por saber lo que estaré escribiendo (aunque nunca se pondría a pedir explicaciones), y que acaso imagina, y acierta, que me gustaría saltar yo también la barrera, tomarle la mano por debajo de la mesa y apretársela, hermanado.