Registro. Por: Germán
Patiño
Reina de América
Enero 26 de 2004
En Puerto Merizalde ya no se ven las ibaburas, esas
canoas grandes, casas flotantes donde se transportaba de todo, viajaba
la familia entera, se cocinaba y se dormía. Han sido remplazadas por
lanchas rápidas, que vuelan por los esteros y pueden alcanzar
buques-madre en mar abierto. Los galleros de Cali, que antes
frecuentaban a Medellín en busca de apuestas altas, hoy viajan a
Llorente, cerca de Tumaco, pues allí pueden casar peleas a cinco
millones de pesos. En tiempo de cosecha, prostitutas de todo el país se
trasladan al Pacífico, aun a los pueblos más remotos. Los ranchos donde
se organizaban los currulaos han dado paso a modernas discotecas.
¿Acaso llegó la prosperidad a la región más pobre de Colombia sin
que nos diéramos cuenta? No. Llegó la coca, aquel arbusto que Nuria Amat
llama Reina de América, tal como se titula su novela, publicada en el
2002 y cuya trama tiene lugar en una bahía del Chocó, azotada por la
guerrilla y el narcotráfico. Castigada también por la pobreza, la
insultante desigualdad social y la violencia de todos los días. Sólo la
magia de una cultura ancestral permite que la dureza de esta novela no
aniquile toda esperanza
Ahora nos enteramos de que nuestro Litoral Recóndito -como lo
llamó Sofonías Yacupes un mar de coca. Desde Punta Ardita hasta el
Mataje, en las ricas Vegas del Mira, o en el pie de monte del Napi, o en
los campos de Nóvita, se han tumbado plataneras, se dejó de sembrar la
papa china y se rellenaron de tierra los arrozales. Los campesinos han
sido impelidos a ¨trabajar la coca¨, como dicen, primero por la fuerza y
luego por el dinero. Uno de los personajes de Nuria afirma: ¨En este
lugar todo el mundo es pobre...Todos salvo aquellos que no están nunca
en la moridera.(...). Todos apuestan por la coca. Algo bueno no va a
traernos, pero lo otro es peor¨.
En 1934 Yacup nos dijo que “allí en ese litoral inculto, está la
base de nuestro futuro engrandecimiento...allí la industria, una vez
asentada, atraerá el comercio del norte y sur del continente con el de
Asia y Oceanía...”. Un sueño de hace 70 años. Un sueño posible si el
Estado hubiese mirado alguna vez hacia el Pacífico. Un sueño sostenido
por unos cuantos dirigentes regionales y muchas personas del Litoral. Un
sueño que se convirtió en pesadilla. Se asentó una rama de la industria
química que atrajo al comercio de narcóticos. Los barones de la droga y
los financistas de la guerrilla fueron más perspicaces que los jefes del
Estado y los “competitivos” empresarios colombianos. Nuria Amat escribió
su novela con recuerdos. Lo que narra, estaba sucediendo en el Pacífico
hace mucho, pero nadie se dio por enterado.
Las matanzas del río Naya y la masacre de Bojayá son
manifestaciones tardías de esta invasión del Pacífico de la que nadie
nos advirtió. Ese es territorio tomado. No nos pertenece. En realidad
nunca nos ha pertenecido. Nada hicimos por él durante siglos de
esclavitud y despojo. Poco nos importó que se convirtiera en enclave
minero de franceses y gringos. El pian, la malaria y una mortalidad
infantil comparable a la de Haití nada nos dicen. Ni siquiera nos ha
interesado la riquísima cultura de su gente. Por eso tiene razón Nuria
Amat cuando piensa que la salvación del Pacífico solo puede provenir de
quienes lo habitan. A los demás, que no hemos sabido apreciar lo que nos
fue dado, todo se nos puede arrebatar sin que nos demos cuenta. Vivimos
la tragedia de las sociedades insolidarias. Lo que está bien, porque tal
vez así aprendamos alguna lección.
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