Nacida dos veces
por Juan Ángel Juristo

 

            La principal aportación de esta novela estriba en la sabia combinación de dos tonos a los que la convención literaria suele achacar distintas situaciones narrativas. El lenguaje, por ejemplo, de una intensidad muy lograda, casi poética, arrostra una fragmentación y una engañosa simplicidad muy similar a esas novelas que han florecido estos años por doquier y donde el protagonista se limita a contar aquello que se le pasa por la cabeza en un extraño ejercicio que se quiere comparable a lo que antaño se denominaba «introspección» anímica; la trama, sin embargo, lejos de esa atmósfera intimista que el tópico asigna al lenguaje que se emplea, plantea una manera de narrar donde la historia prima sobre las demás consideraciones, donde se otorga una importancia a aquellos elementos que dejan al lector ansioso de aquello que el autor le va a contar inmediatamente después, etc., etc... Pues bien, nada de todo ello sucede en esta narración; parecería que la autora hubiese previsto esas nefastas consecuencias y hubiese actuado contracorriente: el resultado produce una rara fascinación y belleza, como si las palabras volviesen a ser pronunciadas por primera vez, inmersas en un paisaje que se quiere primigenio y que, similar a esa condición, es nutricio y eterno: «La naturaleza era rica. Sólo ella», dice en un momento determinado Rat, mientras la lluvia que no acaba moja sus pies en un lugar remoto de la selva colombiana. La frase, dicha de pasada, desvela gran parte de los planteamientos de la novela. Condiciona de hecho la resolución de la misma.


Y esto porque lo que está en juego aquí es la supervivencia misma, como el medio en que se sustenta. Poco importa, pues, que la protagonista, Rat, una joven catalana que viaja a Colombia amparada por la Organización para la Solidaridad y la Democracia, y recalco lo de catalana porque ello da lugar a una divertida anécdota al final de la novela que descarga de excesivo dramatismo una escena de una tensión casi insostenible, conozca allí el amor y el valor exacto de lo que significa lo revolucionario, también el fracaso y la decepción, que son caras de la misma moneda, porque todo esto se supedita a una realidad que es mucho más fuerte y que trasciende, desde luego todas las palabras y conceptos que queramos poner desde esta otra parte del mundo, pero no sólo a ellas, sino que engloba el salvaje ámbito que le es propio. En esto Nuria Amat se siente deudora de ciertos escritores iberoamericanos que dotaron a ese medio hostil y maravilloso de una aspiración casi metafísica que todo lo abarca, una suerte de «Vorágine», para tomar la expresión de José Eustasio Rivera, fundador de esta manera de ver la cosa, y que hoy día ha perdido esa condición de Leviatán con que se la había temido y deseado a finales del XIX. Es mérito de la autora el que en esta novela se halle del todo ausente ese racionalismo que hubiese convertido la narración en una historia de «amor y política revolucionaria en una de las zonas más calientes de la Tierra» para devolvernos una visión terrible y poética que ya creímos irremediablemente perdida gracias a esa decidida legión de seguidores del «realismo mágico». Terrible y poética, sí, que la emparenta con aquellos que vislumbraron la soledad del hombre en medio de una hostilidad que le rebasa. Desde luego Joseph Conrad, cómo no, pero no sólo, detengamos un momento la mirada en Horacio Quiroga, y que dotan a esta novela de una rara cualidad que está por encima de cual sea la trama misma en que se sustenta la historia. Y no es que ésta importe poco. Sólo que el lenguaje aquí lo es todo. Rosa Montero dice de la prosa de Nuria Amat que lo más importante en ella es la belleza y el azar. Y lo cierto es que esa combinación hace de su estilo algo muy peculiar, capaz de expresar por medio de fogonazos sensaciones muy intensas. Un estilo que hace que la historia de Rat con Wilson y con Aida nos parezca ser meramente el soporte en que se sustentan las palabras. Raro artificio que sólo consiguen los escogidos.
 

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